50 AÑOS DE LA TRAGEDIA DEL NARANJO

50 AÑOS DE LA TRAGEDIA DEL NARANJO
En enero de este año de 2019 se cumplió medio siglo de una tragedia que conmovió a todo el montañismo vasco. Dos escaladores guipuzcoanos, Patxi Berrio y Ramón Ortiz, perecieron en su intento de escalar por primera vez la pared oeste del Naranjo de Bulnes en invierno, cuando estaban a punto de culminar la hazaña. El impacto social y mediático que tuvo el rescate quedaría para marcado en la historia de nuestro montañismo y en la memoria de los que lo vivieron de cerca.
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SUEÑOS DE INVIERNO
El “4L” azul seguía aparcado en el puente de Potes, tal y como lo habían dejado Patxi y Ramón. El hallazgo no hacía sino azuzar los temores de los cuatro montañeros que se habían desplazado desde Donostia hasta las laderas de Picos de Europa. Ocho días antes, Patxi Berrio y Ramón Ortiz habían partido desde aquel lugar hacia el refugio de Vega de Urriello con el ánimo de intentar la primera escalada invernal de la cara oeste del Naranjo de Bulnes. Desde entonces, nadie tenía noticias de ellos.
Su desaparición había ya trascendido a los periódicos. En el diario de La Voz de Asturias de ese día se podía leer la noticia: “Dos montañeros de San Sebastián perdidos en Picos de Europa. Se ignora su paradero desde el lunes pasado”.
Al paso por Arenas de Cabrales, la Guardia Civil les había confirmado que una patrulla de guardias y montañeses había regresado de las inmediaciones del refugio sin encontrar ningún rastro de los desaparecidos; sólo una mochila con material que debían haber tirado desde lo alto de la pared, cuando ya no les hizo falta.
Los cuatro compañeros suben a Bulnes. En la olvidada aldea asturiana Patxi y Ramón habían pernoctado el 28 de enero en casa del alcalde Rafael Martínez. La tertulia de aquella noche en torno al fuego fue más larga y tensa que de costumbre. Rafael había intentado en vano disuadir a los dos jóvenes de sus intenciones: “Ya es suficientemente arriesgado el subir al Naranjo en verano, pero en invierno...”.
A la mañana siguiente Rafael había seguido insistiendo mientras tomaban el café. “Es una locura, chicos, volved en verano...”. Luego les vio bajar por la pequeña escalera de piedra con sus grandes mochilas a la espalda. Ramón se había vuelto entonces hacia él para decirle unas palabras que no podía olvidar: “Si no regresamos para el sábado, salgan a buscarnos...”.
Desde el sábado habían pasado ya cuatro días más.
Alberto Cáceres, Paco Sorrondegi, Luis Abalde y Paco Lusarreta abordan el ascenso hacia la canal de Balcosín. La montaña tiene una apariencia hosca. En los últimos días ha nevado fuerte y los resaltes de rocas mantienen todavía una cofia de nieve. El camino es duro hacia Jou Lluengu, mucho más cuando hay que recorrerlo cargado de temores. No saben, pero intuyen. Son escaladores con muchas horas de experiencia y tiene plena conciencia de que nadie puede aguantar tantos días sin protección en un Naranjo invernal.


UN VIVAC EN LA PARED
El verdadero inicio del drama del Naranjo de Bulnes no estaba en el destartalado refugio de Urriello, en el que los dos escaladores guipuzcoanos habían dejado su último mensaje. Patxi Berrio nunca se hubiese atrevido a abordar la escalada de la cara oeste del Naranjo sin las experiencias previas que había asimilado en las rutas pirenaicas y en las contadas murallas de largo recorrido que podían encontrarse en las montañas del País Vasco.
Una de las más espectaculares era la pared este de la Hermana Mayor, situada en el desfiladero formado por el río Larraun en su salida hacia Irurtzun. Los catalanes
Caballé, Magriña y Xalmet habían forzado el primer itinerario de dificultad a esta aguja en el espolón sureste allá por 1947. Desde entonces, la concepción de la escalada había evolucionado notablemente y lo que a principios de los años sesenta estaba en debate era la utilización de las técnicas artificiales para superar pasos que se hacían inabordables a las posibilidades de escalada en libre de la época.
Berrio había estudiado con minuciosidad los 200 metros de verticalidad pulida de la cara este de la Hermana Mayor y se había convencido de que sólo era factible su superación aplicando las técnicas de escalada artificial. Como les había ocurrido a Cassin con sus clavijas artesanales antes de la segunda guerra mundial y a Hasse por el uso de pitones de expansión al final de la década de los años cincuenta, la introducción de esta novedad iba a ser duramente criticada por los defensores de la escalada ortodoxa, que consideraban los estribos, el burilado de la pared y la colocación de remaches como una agresión a la montaña y una herejía deportiva.
Tras haber equipado los primeros 70 metros, el 1 de mayo de 1964, Patxi Berrio, acompañado de Alberto Cáceres, iniciaban el envite frente a la Hermana Mayor.
Al pie de la pared, con los temores anudados en las tripas, Berrio se preguntaba a sí mismo: “¿Será escalable?” Y él mismo se respondía, apoyado en sus firmes creencias religiosas:“A dilucidar esta duda hemos venido con la ayuda de Dios”.
La dimensión de la pared planteaba un problema hasta entonces sin resolver en la escalada vasca ¿Cómo podrían vivaquear colgados de un muro que no ofrecía la más pequeña repisa? Lo pensaban solventar sentados sobre unas franjas de lona que ellos mismos se habían fabricado. Esa misma noche tendrían oportunidad de probar su invento en el que iba a ser el primer vivac en una pared de Euskal Herria. Alberto Cáceres describía la situación: “A nuestra espalda hay un muro con sólo un punto de apoyo dudoso y, al frente, el vacío, en el que somos demasiado torpes para competir con las aves. La noche avanza silenciosa y larga. Nuestra postura se hace cada vez más incómoda, a mi derecha un tronco me permite apoyarme de costado y evita que siga resbalando, pero cuando el sueño se apodera de mí, empiezo a deslizarme de nuevo. El vacío oscuro y misterioso parece que me atrae”.
Tendrían que soportar otro vivac en el vacío antes de poder salir por lo alto de la aguja. “Estamos rendidos, sedientos; casi no podemos hablar. No tenemos ni una gota de agua y el río corre a nuestros pies”.


La ascensión de Berrio y Cáceres a la Hermana Mayor abrió una nueva dimensión a los límites de la escalada vasca, que tendría pronto su continuidad en la vecina Hermana Menor.
El 4 de junio de 1965 los dos jóvenes se enfrentaban al frontón de la cara oeste de este monolito, con menor recorrido, pero con pasos de mayor dificultad. Esa noche, el vivac iba a ser dantesco: “Del cielo caen rayos y agua. Parece que estuviéramos en el infierno, pero a remojo. El resplandor de los relámpagos lo ilumina todo de una forma cegadora y fugaz. Incluso con los ojos cerrados vemos los fogonazos”.
A la mañana siguiente se verían obligados a retirarse. Cuatro meses después, Berrio, formando esta vez cordada con el tolosarra Mikel Arrastoa completaba la que quedaría para las reseñas con el nombre de “Vía de la Virgen”.
Cuando Berrio relató esta ascensión, lo hizo encabezando su artículo con una dedicatoria que los acontecimientos del Naranjo iban a dar una significación trágica: “Nere amari... y a todas las madres que, semana tras semana, ven marchar a sus hijos mochila al hombro con un retorno incierto...”.




Las llaves del “4L”
El refugio de Urriello está casi cubierto de nieve. No ven huellas recientes en su entorno. Entran. Sobre la mesa van a encontrar abierto, como aguardando su llegada, el cuaderno de anotaciones del refugio. Las dos últimas han sido escritas por Patxi: “29 de enero de 1969. Hemos llegado hoy con buena nieve y tiempo nublado para pernoctar”. A la mañana siguiente el donostiarra había añadido otro párrafo: “30 de enero de 1969. Nos dirigimos a la oeste del Naranjo. Hemos salido a las 8.30 de la mañana. Somos Ramón Ortiz de Tolosa y Patxi Berrio de San Sebastián. Que Dios nos ayude...”.
Sobre el cuaderno abierto están las llaves del “4L” de Patxi ¿Qué presentimiento le había impulsado a dejarlas a la vista de quien entrara en el refugio?
En el interior del húmedo caserón de Urriello se palpa una gran tensión emocional. Salen al exterior. Un celaje de nubes no permite observar con claridad el gigantesco menhir del Naranjo. Cuando se abre fugazmente una ventana de visibilidad pueden por unos instantes completar el escenario y escrutar la mole de piedra en su integridad.
¡Allí!. Un de ellos ha localizado dos siluetas colgando de la pared. Se aproximan a la base. Les gritan una y otra vez. El eco contra el muro les devuelve sus propias llamadas. A Cáceres le parece escuchar un pitido del silbato que Patxi acostumbraba a llevar consigo. Es una ilusión. Ha debido de ser el viento, o su propia ansiedad. Desde la pared no llegan movimientos ni respuestas.
El silencio de la montaña es la más significativa de las explicaciones. Ya sólo deben de pensar en cómo rescatar a quienes fueron sus amigos de aquel colgador de roca en el que estaban suspendidos.
Recogen las llaves del coche. Releen, ahora con una congoja en el ánimo, las notas del libro; lo cierran y emprenden el regreso a Bulnes.
El descenso es silencioso. La nieve amortigua los pasos, pero no los sentimientos. Son conscientes de lo que ha ocurrido aunque no saben cómo ni cuando; y también de que cualquiera de ellos hubiera podido estar ahora colgado inerme de la oeste del Naranjo.
Los cuatro conocían el proyecto de Patxi Berrio. Tan sólo dos días antes de la partida Cáceres y Sorrondegi habían estado escalando con él en la arista de Txindoki.
-¿ Quién viene conmigo a la oeste del Naranjo?, les había propuesto.
La misma respuesta negativa que le dieron sus compañeros en las campas de Larraitz la recibiría horas después de Lusarreta y de Arrastoa; unos por no poder, otros por no querer. Y es que hasta entonces nadie se había atrevido a conjugar los dos desafíos más audaces que planteaba la cumbre insignia de Picos de Europa: la cara oeste y el invierno.
Patxi no quería, no podía esperar. Al día siguiente planteó la misma invitación al tolosarra Ramón Ortiz, presidente del club Oargi local. Ramón era más joven y no tenía la experiencia de Berrio, pero era decidido y deportivamente ambicioso. No dudó.
Los preparativos fueron rápidos. El martes 28 de enero ambos se reunieron en Donostia a primera hora de la mañana. Poco después, partían rumbo a la montaña.
Ahora todo el sueño tejido por Berrio y compartido por Ramón se había convertido en una tragedia a la que había que hacer frente.
El rescate
Dos días más tarde, el 7 de febrero, Arenas de Cabrales se ha convertido en el centro de operaciones del que la prensa ya ha definido como “el rescate más difícil de la historia del alpinismo español”. Junto a unidades de la Guardia Civil, vecinos y periodistas, van llegando montañeros de punta del País Vasco, Asturias, Madrid. Apresuradamente arriban también los esquiadores tolosarras que estaban disputando en Candanchú los campeonatos de España de fondo; todos vienen dispuestos a colaborar.
Paradójicamente, la tragedia va a reunir por primera vez frente a frente en torno a la mesa de una taberna del pueblo a los antagonistas del conflicto de la ikurriña de los Andes. Allí está Félix Méndez, presidente de la FEM, a quien muchos apuntaban como responsable de aquella crisis, y varios miembros de la expedición andina: Rosen, Lusarreta, Landa, Kirch. En la discusión aflorará una de las consecuencias derivadas de este enfrentamiento: ni Berrio ni Ortiz tienen un seguro de accidentes, al igual que buena parte de los montañeros vascos desde la ruptura de 1967.
No es momento de avivar rencillas: la FEM, a través de la Delegación Nacional de Deportes, se comprometerá a asumir los gastos de la operación que se presumen muy elevados. Hay que diseñar una estrategia de trabajo y la coordinación entre los grupos. Se selecciona a los veinte alpinistas más expertos para formar las cordadas que deberán ascender al Naranjo.
Poco después empiezan a partir en grupos hacia la base del Urriello a bordo de un helicóptero del Ministerio del Aire. Será la primera vez que un soporte aéreo participe en un rescate alpino en las montañas españolas.
Tampoco existen precedentes del despliegue mediático que se ha concentrado en Arenas de Cabrales. Varios enviados especiales están transmitiendo informaciones que se traducirán al día siguiente en llamativos alardes informativos.
A las cuatro y media de la tarde, el guipuzcoano Lusarreta comunica a través del radioteléfono de la Guardia Civil desde la cumbre del Naranjo. En torno al receptor en Arenas de Cabrales se agolpan vecinos y periodistas. “Aquí el equipo de socorro. Hemos llegado a la cima. Desde donde estamos podemos ver perfectamente los cadáveres de nuestros compañeros: están a unos cien metros por debajo de nosotros. Hoy va a ser imposible intentar nada. Dormiremos en la cumbre. Cambio y corto”.
Tras este mensaje, el corresponsal de La Voz de Asturias cerrará su crónica con un deseo para la incierta jornada que se anuncia para el día siguiente: “Si el tiempo les ayuda, todos los que quedamos al borde de la carretera sabemos que lo van a conseguir. Pero, una vez más, la incertidumbre aguarda entre la oscuridad de la noche, en la cima del monstruo sagrado de los Picos de Europa, del menhir gigante y trágico...”.

Un maldito taco
Amanece el día 8. El aspecto del cielo es sereno. Las cordadas que han vivaqueado en la cumbre y las que aguardan en la base del Naranjo se preparan para iniciar el rescate. Y llega el momento tenso de iniciar el descenso hacia el lugar en que se encuentran los dos montañeros muertos. Del ingrato trabajo se encomienda a quienes no les conocían, para evitar impactos directos en los ánimos de los escaladores. El alpinista castellano César Pérez de Tudela es el primero que se hunde en el vacío. “Un sentimiento emocional acompaña este descenso tétrico y torpe (...). Por fin, muy abajo, veo lo que parecen los cadáveres de Patxi y Ramón. Me voy acercando lentamente. Llego a una pequeña plataforma. Sin quitarme todavía el rápel, veo a mis pies las cuerdas trabadas en un saliente de roca. Es un cuadro impresionante..”.
Tras César desciende Pedro Udaondo. En el recorrido va observando las huellas dejadas en la pared por la sucesión de clavijas arrancadas por un tirón brutal. Allí está la clave del desastre. “Berrio u Ortiz, el que en aquel momento actuaba de primero de cordada, debió de caer cuando intentaba dar su primer martillazo a una clavija que había colocado con la mano. No tuvo tiempo. El taco del cual estaba colgado se salió y le precipitó en el abismo. En su caída arrancó todas las clavijas por las que pasaban las cuerdas. El tirón de su caída arrastró también a su compañero, que le aseguraba, arrancando la clavija en la cual había montado el seguro. Ambos cayeron unidos por las cuerdas, golpeándose en los salientes de la roca durante casi ochenta metros. La casualidad hizo que las cuerdas quedasen trabadas en una prominencia de la roca y que cada cuerpo sirviera de contrapeso al otro”.
Ahora saben que Patxi y Ramón habían casi culminado su escalada cuando la salida del taco de madera les lanzó hacia el vacío, por lo que la Federación Española decidirá atribuirles el honor póstumo del primer ascenso invernal. Sólo queda liberarlos de la montaña que les tiene atrapados. Lo intentan, pero pronto asumen que va a ser imposible izarlos hacía arriba. Los dos escaladores vascos no podrán coronar nunca su escalada llegando a la cumbre del Naranjo, aunque sea ya sin vida. César y Pedro toman la dura decisión de cortar las cuerdas. “Son momentos de gran emoción. Pedro me asegura. Yo me agacho y corto la primera cuerda; luego la segunda. Cuando corto la tercera ambos cadáveres se precipitan al vacío”.

¿Unos locos?
Unos segundos después, que a todos los que contemplan la escena les parecen desesperadamente largos, todo ha acabado. Los diferentes grupos que han colaborado solidariamente en las operaciones de apoyo comienzan el descenso pausado desde Vega de Urriello. En las comitivas que culebrean por los senderos se entremezclan cabizbajos los rostros curtidos de los montañeses, las siluetas encapotadas de los guardias civiles y los anoraks de colores de los alpinistas venidos de cualquier sitio con la única voluntad de ayudar. Juan de Lillo, el corresponsal del diario La Voz de Asturias desciende también de Bulnes hacia Camarmeña: “La noche comenzó a bajar desde las montañas próximas. El cañón que desciende encajonando al camino y al precipicio hasta casi aplastarlos repitió el eco del ladrido prolongado de un perro. Un silencio frío nos envolvió a todos. Noté que tenía la espalda cubierta de un sudor helado, cortante...”.
Tras la vorágine de las noticias, en los medios de información comienzan a tomar espacio reflexiones contrapuestas sobre lo ocurrido. “Aquí mismo, en Bulnes, deberían colocar un letrero grande que dijera: Prohibida la ascensión del Naranjo desde noviembre hasta mayo. Lograríamos salvar la vida de muchos hombres a quienes falta experiencia y a quienes sobra arrojo y valor”, reclamaba Rafael Martínez, el alcalde de Bulnes. “Fue un disparate. Era muy difícil que lo lograran”, postulaban otros.
Qué diferentes habrían sido las valoraciones si no se hubiera salido aquel maldito taco; si Berrio y Ortiz hubieran regresado agotados pero triunfantes al valle. Los dos jóvenes serían entonces unos héroes y no unos locos. Siempre había sido así: la cordura social y la locura alpina sólo podían compaginar en algún pareado ramplón.
No todo eran críticas en la amarga resaca del drama del Naranjo. “¡Cuánto sensacionalismo barato! ¡Cuánto lodo arrojado sobre vuestra actuación, cuyo verdadero sentido ningún humano puede justipreciar!”, se lamentaba amargamente el editorial de la revista montañera Vestusta de Oviedo y defendía la actitud de Berrio y Ortiz: “¡Fuisteis unos locos!, porque no cobrabais millones por una ficha, porque no buscasteis el aplauso de centenares de espectadores, porque nadie iba a saber, fuera de cuatro chiflados como vosotros, porqué os jugasteis y perdisteis la vida por algo que no se cuenta en billetes de banco. ¡Por eso, fuisteis unos locos!”.

NARANJOKO EZBEHARRA
Jarritako plazoak
bete ziranean
“aiek ez datoz eta
goazen zuzenean¡”.
Ala asiak ziran
gau ta egun lanean
illak topa dituzte
biak azkenean.
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Zergatik izandu da
oien eriotza?
Zerk gelditu diote
betiko biotza?
Batetik ezbearra;
bestetikan otza,
nortanai ere behintzat
erremate motza¡
______

Erramun Ortiz eta
Prantzizko Berrio
jatorrak izatez da
askotxo balio.
Naigabetuak gaude
au dela medio
Gipuzkoa guziak
negarra dario.
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Mendi mututtak ziren
zuen gogokoak,
etziduzten beldurtzen
inoiz arrixkoak.
Igoak zenituzten
oraiñartekoak
geiago ez nai nunbait
gure Jaungoikoak.

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Arkaitz beldurgarria
Naranjo de Bulnes,
mendizale guztiak
aitortzen dutenez.
Eskarmentu nai dunak
orain ba-du zeiñez,
udaran joan beti;
neguan, bein ere ez¡

Beste irakuketak

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