Los miedos del Pumori

Los miedos del Pumori
Benantxio Irureta tenía sus miedos cuando partió el 27 de septiembre de 2001 hacia Nepal. Sabía que la cumbre del Pumori, escogida como objetivo por el grupo de ocho jóvenes alpinistas que le acompañaban, oponía unos riesgos evidentes. Lo había podido comprobar diez años antes cuando, desde el campo base del Everest, fue testigo de la avalancha que causó la muerte de un joven francés y de un sherpa en las laderas de esa montaña. Ciertamente, era una cima peligrosa, pero también estéticamente bella y con una tentadora altitud que sobrepasaba los siete mil metros.

Eran atractivos que habían decantado la elección de los chavales que formaban la expedición frente a otras opciones más de su preferencia, como el Ama Dablam, Baruntse o Annapurna IV.

Benantxio era un alpinista veterano, peleado ya en muchas batallas alpinas grandes y pequeñas. Ascendió al Yalung Kang en 1988 y en 1991 estuvo a punto de alcanzar la cima del Everest. Sabía lo que era la montaña. Y quizás por ese sexto sentido que se afina con el tiempo y las experiencias, Irureta viajaba con recelo hacia el Pumori.

Quienes le acompañaban eran todos muy jóvenes; algunos de ellos sus hijos montañeros: cinco del valle del Urola, los otros tres, navarros. Ambos grupos se habían conocido el año anterior en los Andes y al pie mismo de los nevados de la Cordillera Blanca concibieron el salto a las alturas del Himalaya.

A partir de la despedida en el aeropuerto, nada especial había trascendido sobre los movimientos de la expedición hasta las 12.10 del jueves 18 de octubre. En ese momento, en casa de la hermana de Benantxio, en Azpeitia, se recibía una llamada telefónica desde Nepal. Era su hermano.

Aritz Artieda, de Etxarri Aranatz, Xabier Arkauz, de Lakuntza, César Nieto de Iruña, Beñat Arrue, de Azpeitia e Iñaki Aiertza de Aizarnazabal habían partido a media noche del miércoles día 17 desde el campo I, a 6200 metros, con el propósito de alcanzar la cumbre ese mismo día. Sabían que el tramo expuesto a las avalanchas había que cruzarlo de madrugada, cuando los bloques de hielo de la pared sureste se encuentran soldados por el frío nocturno.

Hay que imaginar el avance cauto de los cinco hendiendo la oscuridad, los golpes secos de piolets y crampones sobre la nieve endurecida; los haces de las linternas abriendo un ojal de luz en el espacio sin relieves de la noche. Irían ilusionados, tensos, mirando ya hacia la línea del collado que les abriría el camino hacia la cumbre. Habían tenido suerte al hacer los sorteos para formar las cordadas del primer intento. Tenían el privilegio de adelantarse a descubrir lo que ignoraban y querían conocer.

De pronto, no más que un fragor lejano, un trueno sin tormenta y un estruendo cada vez más envolvente. Sensación de desconcierto, de falta de referencias espaciales en la noche. Luego unos instantes de caos, de pérdida de las nociones de situación. Algún intento inútil de oponerse a la corriente arrolladora y, finalmente, nada. De nuevo el silencio.
Benantxio Irureta regresaba al campo base. Había descendido el día anterior hasta el hospital de Periche acompañando a Xabier Osinalde, afectado por la altura. Retornaba al pie de la montaña sabedor de que aquella iba a ser una jornada de intento a la cumbre. Fue cuando observó las evoluciones de un helicóptero. Algo temió. El Pumori le seguía infundiendo miedo.

Al llegar, el campo base era un pozo de desolación: Xabier Ostolaza, Jon Odrizola, y Jesús Mari Errazu intentaban asimilar lo que todos temían había ocurrido en algún momento indeterminado de la pasada madrugada.

El grupo había acordado comunicar su llegada al collado antes de amanecer. Habían transcurrido ya muchas horas; demasiadas. La inquietud se fue apoderando de los tres jóvenes. Cuando la tensión se hizo insoportable, Ostolaza solicitó un helicóptero de reconocimiento.

No tardó el piloto en comunicar el avistamiento de material de montaña entre los restos de una gran avalancha. Se vació el pequeño lugar que todavía mantenía la esperanza.

Benantxio Irureta necesitaba verlo con sus propios ojos; terminar de creerse que lo que vivía no era la peor de las pesadillas jamás por él imaginada. A la mañana siguiente se encaminó hacia el campo I. Siguió la ruta, las huellas abiertas por los chicos hasta que éstas se interrumpían bruscamente frente a la zona barrida por un alud intempestivo.

Se aproximó con precaución caminando a cuatro patas. El terreno se mostraba sumamente inestable. Alguna prenda afloraba desmayada entre la nieve revuelta. Nada había que se pudiera hacer allí. No fue más adelante. No hubiera podido. El riesgo de aludes de nieve no era tan inminente como la avalancha de sentimientos que pendían sobre su cabeza. Pisando con mimo sobre el caos de bloques de hielo, como si lo hiciera sobre terreno sagrado, emprendió el regreso. Aritz, Javi, César, Beñat e Iñaki se iban a tener que quedar allí.

Autor: Antxon Iturriza

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