GORBEIA, PUNTO DE ENCUENTRO

GORBEIA, PUNTO DE ENCUENTRO
El 15 de junio de 1912, dos meses después de que el mundo se conmoviera con el hundimiento del Titanic, tenía lugar en Bilbo un acto que iba a ejercer una importancia decisiva en el nacimiento y desarrollo del montañismo vasco. En ese día se inauguraba en la calle Orueta la sede del Club Deportivo Bilbao, una entidad dedicada al fomento de las más diversas disciplinas deportivas. La nueva sociedad venía a recoger la experiencia adquirida por otras tres asociaciones similares en su orientación como eran la Gimnástica Zamacois, la Federación Atlética Vizcaína y La Educación Física.

Los impulsores de esta entidad procedían de la burguesía bilbaína y sus valedores eran algunos de los financieros más poderosos de Bizkaia.

El Bilbao en el que nacía el Club Deportivo poco tenía que ver con aquel que recorrían de madrugada los animados ganecogortos camino de sus peculiares excursiones. En el plazo de cuarenta años la urbe había experimentado una transformación tan brutal que a duras penas podía sostenerse sobre unas estructuras adaptadas a una economía y a una sociedad radicalmente diferentes. El censo de la capital había pasado de 27.902 en 1870 a 93.251 a principios de aquel año de 1912; en Sestao la explosión demográfica había sido todavía más espectacular, multiplicándose en el mismo plazo por trece el número de sus habitantes.

Las consecuencias de un crecimiento desmesurado, fundamentado en la explotación masiva de las minas y el asentamiento en la ría de grandes industrias siderúrgicas y navales, se tradujeron en la creación de un sector financiero de extraordinario poderío y de una masa proletaria, en buena parte emigrante, que se hacinaba en barrios marginales, soportando condiciones de trabajo extremadamente penosas.

En ese Bilbao que se llenaba con el humo procedente de las chimeneas de los altos hornos cuando el viento soplaba desde el mar, iba a surgir un movimiento deportivo como respuesta al deterioro progresivo de un concepto que todavía estaba sin acuñar, pero que más tarde se definiría como calidad de vida.

Será la burguesía urbana la que encabezará la popularización de las prácticas deportivas, sacándolas a las calles y a las plazas del interior de los restrictivos gimnasios en los que se rendía culto al cuidado físico. Así se organizarán travesías a nado en el Abra y carreras en el campo de Volantín.

Tradicionalmente se ha enlazado la implantación en Bilbao de esta expansión de la práctica del deporte con las corrientes de pensamiento británico que habían inspirado al propio Pierre de Coubertin y que desembarcaban sin pasar filtros en los muelles de la ría desde los barcos que procedían de las islas.

En una buena medida se puede aceptar que fuera así en su origen. Pero la figura elitista e individualizada del sporman tradicional inglés está más identificada con el socio del Gimnasio Zamacois de finales del siglo XIX, que con el del Club Deportivo al que dio origen. La diferencia entre ambos modelos habría que buscarla en la consolidación del espíritu olímpico, con la competitividad como característica esencial. No se puede pasar por alto que en las mismas fechas en las que se funda el Club Deportivo, en Estocolmo se están celebrando las quintas Olimpiadas de la era moderna, en las que la ausencia de representación española era calificada por un periodista como “más que una vergüenza, un dolor para aquellos que un día y otro se los han pasado batallando en pro del sport, propagando doctrinas que tanto cuestan infiltrar en la masa común de las gentes, que suelen hacer desprecio de esas cosas, como en las clases directoras, que jamás se preocupan seriamente de ellas”.

Ejemplos patentes de la voluntad de popularizar el deporte y las doctrinas higienistas son las manifestaciones que el Club Deportivo pone en marcha apenas se ha consolidado la primera junta directiva.

La primera de ellas es la convocatoria de una excursión abierta al Gorbeia que se anuncia para el 13 de octubre de 1912. Al frente de este salida, la primera de carácter multitudinario que conoce el incipiente alpinismo vasco, aparece un personaje que va a ser clave en su posterior asentamiento y desarrollo. Se llama Andrés Bandrés Azkue y es de Tolosa, donde nació el 13 de junio de 1869. Desde 1895 reside en la capital vizcaína de cuyo consistorio municipal es miembro; se declara como un entusiasta del naturismo y practicante de todos los deportes que tengan contacto con la naturaleza: camina, hace gimnasia, anda en bicicleta y se baña cada mañana en el mar. Posee una personalidad arrolladora y cualidades de líder; además, tiene necesidad de serlo. Sobre su carácter, cuentan que el dirigente socialista Indalecio Prieto llegó a decir, aludiendo al ejercicio de protagonismo de que hacía gala permanente, que “ le gustaría presidir hasta su propio funeral”.

Bandrés organiza la excursión colectiva a Gorbeia con la minuciosidad y pompa propias de su carácter. En los billetes de reserva se puede leer el detalle del programa previsto: “El grupo principal de los expedicionarios saldrá de la plaza de Arriaga a las 5 de la mañana. Se marchará en tranvía especial hasta Villaro, para regresar al punto de partida a las 8 de la noche; una vez elegido el sitio de acampar en el hayal de Iguirenao (sic), se procederá a encender el fuego para calentar la vianda que cada uno llevará para sí y únicamente con el concurso de todos se condimentará una suculenta y sabrosa sopa de ajo para principio de comida; al final se servirá café. Amenizará la comida una banda de cornetas y una nube de fotógrafos “impresionará” a los excursionistas con sus trabajos. Como remate de la fiesta, se practicarán ejercicios de conjunto y concursos diversos y arriesgados juegos”. El precio del billete, en el que se incluye “viaje en tranvía y a pie con derecho a desayuno en Villaro, sopa de ajo con huevos, pan y café en el monte”, será de 2 pesetas.

En la madrugada del día fijado, en el Casco Viejo de Bilbao se advierte una animación desacostumbrada a esas horas. Uno de los periodistas que van a acompañar a los excursionistas teje los primeros párrafos de su crónica: “Distaba mucho de apuntar el alba cuando las calles de la villa se vieron invadidas por una abigarrada juventud que, ansiosa de ejercicio, aire puro y panorama espléndido, caminaba decidida hacia la estación de Achuri”.

La partida del tren especial desde la estación a las 5,40 de la mañana “entre vítores, hurras y alegres toques de corneta”, no resultará menos espectacular. Cuando el convoy llega a Villaro, allí están esperando al pie del andén los directivos del club con Bandrés a la cabeza. Las aclamaciones se reproducen hacia ellos desde las ventanillas en las que se asoman infinidad de cabezas entusiastas. También aguarda en Villaro “un grupo de ciclistas eibarreses que habían llegado con sus máquinas a sumarse a la fiesta”.

A las ocho menos cuarto, después de haber servido a todos el desayuno, la larga comitiva se pone en marcha hacia la montaña. Para evitar aglomeraciones, los organizadores han dividido el contingente en siete pelotones, “ separados por una distancia de unos 200 metros, comunicándose las órdenes por medio de cornetas. La prensa, nutridamente representada, iba agregada al segundo de ellos”.

“Cuando a las once y media llegaban los expedicionarios a su campamento, el encuentro superó toda ponderación: sonaron las cornetas, lanzáronse al aire gorras y sombreros, a la vez que estridentes hurras y vítores al club y a su infatigable presidente, Sr. Bandrés y

a la directiva, se dejaban oír. Una vez hecho el alto, los alpinistas más entrenados (unos 60), capitaneados por José P. Duñabeitia, treparon por el dócil repecho que conduce a la cruz, mientras los acampados preparaban la que después fue riquísima sopa de ajo, preludio del almuerzo que fue epilogado por un sabroso moka”.

Nunca hasta entonces la campa de Arraba ha conocido una concentración tan grande ni tan bullanguera como aquélla. Los pastores miran con curiosidad y las ovejas con temor, pero el descubrimiento de este paraje como emblema de la afición montañera bilbaína no ha hecho sino empezar.

“ Una vez que hubieron terminado los ejercicios de conjunto, que constituyeron una prueba varonil de energía y destreza, se comenzó el descenso, llegando la expedición a las seis menos cuarto, e instalándose en los tranvías que les conducirían a Lemona”.

El ambiente es exultante. Y mientras se espera que llegue el tranvía de Durango, en el propio andén Gerardo García, uno de los excursionistas, improvisa unas ingeniosas coplas.

“Ya venimos del Gorbea;
ya hemos hecho la excursión.
El recuerdo de este día
guárdese en el corazón”

“Arriba las excursiones;
Siempre arriba y nunca abajo.
Viva quien condimentó
la sabrosa sopa de ajo”

“Arriba el Club Deportivo,
que tan magnífico es,
con su digno presidente,
nuestro capitán Bandrés”.


Cuando llega a Atxuri la comitiva no se disuelve. Con Bandrés a la cabeza, los montañeros cruzan el Arenal y la Gran Vía, ante la expectación de los paseantes, que se preguntan de dónde viene tanta gente. “Son alpinistas que regresan de Gorbea”, aporta uno más informado. Bandrés, que con su interés por invitar a los medios de prensa a la excursión ha evidenciado una visión publicitaria muy adelantada a su tiempo, está logrando que, por primera vez, el montañismo tenga una proyección popular que alcanza, incluso, a las propias calles de la ciudad.

Cuando llegan a Orueta, en la sede del Deportivo se lanzan los últimos discursos rubricados por aplausos y vítores. Al despedirse, en todos existe un convencimiento: volveremos a Gorbeia.

Continuar leyendo, parte II


Autor: Antxon Iturriza

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